lunes, 10 de mayo de 2010

Guy de Maupassant

Henry René Albert Guy de Maupassant (Dieppe, Francia, 5 de agosto de 1850 - París, 6 de julio de 1893). Escritor francés, autor principalmente de cuentos.

Subsiste una controversia acerca del lugar exacto de su nacimiento, generada por el biógrafo fecampés Georges Normandy en 1926. Según una primera hipótesis, habría nacido en Fécamp, en el Bout-Menteux, el 5 de agosto de 1850. Según la otra hipótesis habría nacido en el castillo de Miromesnil (Tourville-sur-Arques), a 8 kilómetros de Dieppe, como establece su partida de nacimiento. No obstante todo parece apuntar a que el auténtico lugar de nacimiento fue este último.
Su juventud, muy apegada a su madre, se desarrolló primero en Étretat, y más adelante en Yvetot, antes de marchar al liceo en Ruan. Maupassant fue admirador y amigo de Gustave Flaubert al que conoció en 1867. Flaubert lo tomó bajo su protección, le abrió la puerta de algunos periódicos y le presentó a Iván Turgénev y Émile Zola. El escritor viaja a París tras la derrota francesa en la Guerra Franco-Prusiana de 1870 y trabaja como funcionario en varios ministerios, hasta que publica en 1880 su primera gran obra, Bola de Sebo, en un volumen naturalista preparado por Émile Zola: "Las veladas de Médan". El relato, de corte fuertemente realista, según las directrices de su maestro Flaubert, fue grandemente ponderado por este.
Esta publicación permite a Maupassant adquirir una cierta notoriedad en el mundo literario. Será finalmente autor de multitud de cuentos y relatos (más de 300). Sus temas favoritos son los campesinos normandos, los pequeños burgueses, la mediocridad de los funcionarios, la guerra franco prusiana de 1870, las aventuras amorosas o las alucinaciones de la locura: La Casa Tellier (1881), Los cuentos de la becada (1883), El Horla (1887), a través de algunos de los cuales se transparentan los primeros síntomas de su enfermedad.
Son especialmente destacables sus cuentos de terror, género en el que es reconocido como maestro, a la altura de Edgar Allan Poe. En estos cuentos, narrados con un estilo ágil y nervioso, repleto de exclamaciones y signos de interrogación, se echa de ver la presencia obsesiva de la muerte, el desvarío y lo sobrenatural: ¿Quién sabe?, La noche, La cabellera o el ya mencionado El Horla.
Publicó asimismo 5 novelas:Una vida (1883), la aclamada Bel-Ami (1885) o Fuerte como la muerte (1889), Pierre y Jean, Mont-Oriol y Nuestro Corazón
Escribió bajo varios seudónimos: Joseph Prunier en 1875, Guy de Valmont en 1878, Maufrigneuse de 1881 a 1885. Menos conocida es su faceta como cronista de actualidad en los periódicos de la época (Le Gaulois, Gil Blas, Le Figaro...) donde escribió numerosas crónicas acerca de múltiples temas: literatura, política, sociedad...etc.
Atacado por graves problemas nerviosos ,sintomas de demencia y pánico hereditarios ( reflejados en varios de sus cuentos como el cuento "quien sabe" el cual escribió ya en sus ultimos años de vida) y a consecuencia de la sífilis, intenta suicidarse el 1 de enero de 1892.Luego de cuatro intentos suicidas en los que utilizaba navajas de afeitar para degollarse lo internan en la clínica parisina del Doctor Blanche, donde muere un año más tarde. Está enterrado en el cementerio de Montparnasse, en París.


Obra:

-Novela:

Une vie - (Una vida) (1883)
Bel-Ami - (Bel-Ami) (1885)
Mont-Oriol - (Mont-Oriol) (1887)
Pierre et Jean - (Pedro y Juan) (1888)
Fort comme la mort - (Fuerte como la muerte) (1889)
Notre Coeur - (Nuestro corazón) (1890)

Poesía:
Des Vers – (Gusanos) (1880)
Soleil de Roses - (Sol de Rosas)

Fragmentos:

A las aguas -1883-
21 DE JNIO.— Diez de la noche. Jornada singular. Estoy un poco emocionado. Esto es tonto y divertido. Durante el trayecto, hemos podido hablar un poco. Se había levantado un poco temprano; estaba cansada; dormitaba. Tan pronto estuvimos en Berne, quisimos contemplar ese panorama de los Alpes que yo no conocía en absoluto; y he aquí que salimos por la ciudad, como dos recién casados. Y de repente percibimos una llanura desmesurada, y allá abajo, allá abajo, los glaciares. De lejos, así, no parecían inmensos, y sin embargo aquella vista me produjo un escalofrío en las venas. Un resplandeciente sol poniente caía sobre nosotros; el calor era terrible. Fríos y blancos permanecían ellos, los montes helados. El Jungfrau, el Vierge, dominando a sus hermanos, extendía su ancha falda de nieve, y todos, hasta perderse de vista, se alzaban a su alrededor, los gigantes de cabeza blanca, las eternas cimas heladas que el agonizante día hacía más claras, como plateadas, sobre el azul oscuro de la noche. Su infinidad inerte y colosal daba la sensación de comienzo de un mundo sorprendente y nuevo, de una región escarpada, muerta, petrificada pero atrayente como el mar, llena de un poder de seducción misteriosa. El aire que había acariciado sus cimas siempre heladas parecía venir hacia nosotros por encima de los campos estrechos y floridos, muy diferente al aire fecundante de las llanuras. Tenía algo de desapacible y de poderoso, de estéril, como un aroma de espacios inaccesibles. Berthe, ensimismada, observaba sin cesar, sin poder pronunciar ni una palabra. De repente me cogió la mano y la apretó. Yo mismo sentía en el alma esa especie de fiebre, esa exaltación que nos sobrecoge delante de ciertos espectáculos inesperados. Agarré esa pequeña mano temblorosa y la llevé a mis labios; y la besé, a fe mía, con amor. Permanecí un poco turbado.¿Pero por quien? ¿Por ella o por los glaciares?


-Abandonado-1884- (completo)

—Es preciso estar loca para salir al campo a estas horas con un calor insufrible. De dos meses a esta parte, se te ocurren ideas muy extrañas. A la fuerza me haces venir a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años que llevamos de matrimonio jamás tuviste semejante fantasía. Sin pedirme parecer, eliges como residencia de verano esta población triste, Fècamp, y te invade un deseo furioso de hacer ejercicio (¡eso tú, que nunca dabas dos pasos!), al extremo de querer salir al campo a estas horas en el día más caluroso del año. Dile a nuestro amigo Apreval que te acompañe, puesto que se presta amablemente a todos tus caprichos. Yo, por mi parte, me quedo a dormir la siesta. La señora Cadour dijo: —¿Quiere usted acompañarme, Apreval? Este se inclinó, sonriendo con una galantearía de los tiempos pasados. mientras decía: —Iré a donde usted vaya. —Bueno; idos a coger una insolación—exclamó el señor de Cadour. Y se metió en su cuarto del hotel de los Baños para echarse un par de horas en la cama. Cuando la respetable señora y su antiguo compañero quedaron solos, se pusieron en marcha. Ella dijo con voz muy baja y apretándole una mano: —¡Al fin! ¡Al fin! El murmuró: —Se ha vuelto usted loca. Estoy convencido en absoluto de que se ha vuelto usted loca. Piense cuánto arriesga. Si ese hombre... Ella le interrumpió, sobresaltada: —¡Oh, Enrique! No diga usted nunca ese hombre cuando hablemos de él. El prosiguió bruscamente: —¡Bueno! Si nuestro hijo sospecha cualquier cosa, y receloso descubre la verdad, nos tiene cogidos para siempre. Pudo usted pasar cuarenta años alejada, sin conocerle siquiera, ¿qué antojo es el de hoy? Habían seguido la calle que va de la playa al pueblo. Volvieron a la derecha para subir el repecho de Etretat. El camino blanco se inundaba con los abrasadores rayos del sol. Andaban despacio, sofocándose, a paso corto. Ella se apoyaba en el brazo de su amigo, mirando hacia adelante, con los ojos fijos, insistentes. Preguntó: —¿De manera que tampoco usted le ha visto nunca? —¡Jamás! —Pero ¿es posible? —No comencemos nuevamente la eterna discusión. Yo tengo mujer y tengo hijos, como usted tiene un marido; como usted, debo guardarme de murmuraciones. Ella no respondió. Pensaba en su juventud lejana, en las cosas que ya pasaron. Todo era triste. Se había casado, como se casan muchas mujeres, a instancias de la familia, con un hombre al que apenas conocen. Su marido era diplomático; vivió con él como viven todas las mujeres de buena sociedad. Pero sucedió que un joven, Apreval, casado también, la quiso con un amor profundo, y durante una larga ausencia del señor Cadour, que había ido a las Indias, enviado por el Gobierno, la señora sucumbió. ¿Le hubiera sido posible resistir más? ¿Negarse? ¿Pudo resolverse a no ceder, adorándole como le adoraba? ¡No! ¡Ciertamente, no! ¡Era pedirle demasiado! Era demasiado sufrir. ¡La vida es tan miserable y engañosa! ¿Puede uno evitar ciertas asechanzas de la suerte, huir su destino? Siendo mujer, abandonada, sola, sin ternuras que la remedien, sin hijos que la defiendan, ¿se puede, un día y otro día, evitar una pasión que arrastra la existencia? ¿Se puede huir del sol, para encerrarse hasta la muerte en la oscuridad? Entonces, después de tanto tiempo, recordaba ella todos los detalles, las caricias, las ansias, las impaciencias aguardándole.¡Qué días tan felices! Los únicos felices. Y ¡qué pronto acabaron! Luego se sintió embarazada. ¡Qué angustias! —¡Oh! Aquel viaje al Mediodía, un viaje largo, doloroso; los temores incesantes, la vida misteriosa, oculta en la casita solitaria, cerca del mar, en el fondo de un jardín del que nunca se atrevió a salir. ¡Cómo recordaba los días eternos que pasó al pie de un naranjo, con los ojos fijos en el fruto redondo y rojo, escondido casi entre verdes hojas! Deseaba salir, acercarse al mar, cuya brisa fecunda recibía por encima de la tapia, cuyo constante vaivén oía sin cesar, cuya superficie azul, brillante al sol, y salpicada por blancas velas, era su encanto. Pero tenía miedo hasta de asomarse a la puerta. Si alguien la hubiese reconocido en aquel estado, con aquella cintura deforme y vergonzosa... Y los días de inquietud, los últimos días torturadores; y la espantosa noche del suceso. ¡Cuántas miserias había padecido! ¡Qué noche aquella! ¡Cuánto gimió, cuánto gritó! No se borraba de su memoria el rostro pálido de su amante, besándole a cada minuto las manos; la cabeza calva del médico, la cofia blanquísima de la enfermera. Y la sacudida violenta de su corazón al oír el débil gemido de la criatura, aquel primer esfuerzo de una voz de hombre. Y al día siguiente... ¡Ah! ¡Al día siguiente, único de su vida en que lo tuvo cerca y besó a su hijo! Porque jamás volvieron a verle sus ojos. Y desde entonces, ¡qué larga, penosa y vacía existencia, en la cual siempre, siempre flotaba el recuerdo imborrable de aquella criatura! ¡Y jamás volvió a verle, ni una sola vez, a aquel pedazo de sus entrañas, al hijo de sus amores! Lo cogieron, lo llevaron, lo escondieron. Ella supo solamente que unos campesinos normandos lo educaban, que vivía como campesino, que se casó, bien casado, y que fue bien establecido por su padre. ¡Cuántas veces, durante cuarenta años, ella quiso ir a verle, para besarle! ¡No imaginaba que se habría desarrollado! Le suponía siempre como aquella larva humana que sólo un día cogió en brazos, apretándo1e contra su cuerpo dolorido. Cuantas veces dijo a su amante: «No aguardo más, quiero verle, voy a verle», siempre la convencía, la contenía. Ella no sabia reprimirse, callarse, y el otro adivinaría y exploraría, comprometiéndolos. —¿Cómo es?—preguntaba la señora. —No lo sé. Tampoco le conozco. —¿Es posible? ¡Tener un hijo y no conocerle! ¡Rechazarle con temor, ocultarle como una vergüenza! Iban camino adelante, fatigados por el calor, ganando poco a poco el inacabable repecho. Ella prosiguió: —Parece un castigo. Jamás tuve otro. Y a aquél, no verle... No. Era imposible resistir al deseo de verle, que hace tantos años me obsesiona. Los hombres no comprenden eso. Piense usted que no está lejos el día de mi muerte. Y ¿era posible morir sin volverle a ver? —¿Cómo pude aguantar tanto tiempo? He pensado en él durante toda mi vida. ¡Qué horrorosa vida, con este pensamiento constante! ¡No he despertado una sola vez, ni una sola vez, sin que mi primer pensamiento no fuese para él, para el hijo mío! ¿Cómo estará? Me siento culpable, culpable de su abandono, de mi cobardía. ¿Se debe temer al mundo en tales casos? Debí dejarlo todo para no dejarle a él; conservarle, cuidarle y educarle. Hubiera sido más dichosa. Y no me atrevíi. ¡Bien lo pagué con mi sufrimiento; ¡ Ah! Esas pobres criaturas abandonadas... ¡cómo deben de odiar a sus madres! De pronto se detuvo, ahogada por los sollozos. El valle estaba desierto y mudo bajo la luz abrumadora del sol. —Descanse usted un poco; siéntese un rato—dijo Apreval. Ella se dejó conducir hasta la cuneta, y, después de sentarse, ocultó el rostro entre las manos. Sus cabellos canosos, formando rizos, caían sobre sus mejillas, mezclándose con su llanto. Lloraba, herida por un dolor profundo. El estaba en pie, frente a ella, inquieto, no, sabiendo qué decirle, repetía: —Vamos.., valor... Ella se levantó de pronto: —¡Lo tendré! Y secándose los ojos, avanzó nuevamente con su paso inseguro de anciana. El camino se hundía, más adelante, bajo un grupo de árboles, que ocultaban algunas casas. Oyeron el choque vibrante y regular de un martillo en un yunque. Bien pronto vieron, a su derecha, una carreta parada junto a un cobertizo, y a la sombra dos hombres ocupados en herrar un caballo. El señor de Apreval se acercó preguntando: —¿La masía de Pedro Benedicto? Uno de los hombres respondió: Tome usted el camino a la izquierda, y siga derecho; es la tercera pasando el café. Tiene un pino junto a la valla. No es fácil equivocarse. Volvieron a la izquierda. Ella estaba más tranquila, pero con las piernas cansadas y el corazón palpitante. A cada paso, murmuraba como un rezo: «¡Dios mío! ¡Dios mío!» Y oprimía su garganta una emoción terrible, haciéndola vacilar como si le hubiesen cortado las corvas. El señor de Apreval, nervioso, algo pálido, le dijo bruscamente: —Si no sabe usted moderarse, todo se descubrirá en seguida. Trate de contenerse y disimular. Ella balbucía: —¿Puedo hacer más de lo que hago? ¡Hijo mío! ¡Cuando pienso que voy a ver al hijo mío! Avanzaban por una senda, entre los corrales de las masías, a la sombra de una doble fila de hayas. Y, de pronto, se hallaron frente a la valla junto a la cual crecía un pino. —Aquí es. Ella se detuvo y observó. La corralada, llena de manzanos, era grande. La casa, pequeña. Se veían también allí la cuadra, el establo, el gallinero. Bajo un cobertizo de pizarra, los carros, las carretas y una tartanita. Cuatro bueyes pastaban a la sombra de los árboles. Las gallinas iban y venían. La puerta de la casa estaba abierta. No se veía a nadie; no se ola ningún ruido. Entraron. Un perro negro salió de su casita, ladrando con furor. Junto a la pared había cuatro colmenas en fila. El señor de Apreval gritó: —¿Hay alguien? Apareció una chiquilla de diez años aproximadamente, vestida con una camisa de algodón y una falda de lana, con las piernas desnudas y sucias, con la expresión tímida y desconfiada. Se paró delante de la puerta como para impedir la entrada, preguntando: —¿Qué buscan ustedes? —¿Está en casa tu padre? —No. —¿Adónde ha ido? —No lo sé. —¿Y tu madre? —Con las vacas. —¿Vendrá pronto? —No lo sé. Y bruscamente la señora, como si temiera que se la llevaran de allí a la fuerza sin conseguir su propósito, dijo con voz precipitada: —No me voy sin verle. —Le aguardaremos, amiga mía. Y vieron que una campesina se acercaba con dos cántaros de hojalata que parecían muy pesados, y que lucían como espejos reflejando el sol. Era coja la campesina; llevaba el pecho cruzado por una toquilla de lana oscura, lavada por las lluvias, deslucida por el calor, y tenía el aspecto de una criada pobre y sucia. —Ahí viene mi madre—dijo la niña. Acercándose la mujer, miraba recelosamente a los forasteros. Luego entró en la casa como si no los hubiera visto. Parecía vieja, con el rostro arrugado, amarillento, duro; la cara de pavo de las campesinas. El señor de Apreval la llamó. —Diga usted, señora, ¿podría usted vendernos dos vasos de leche? La mujer refunfuñó, apareciendo en su puerta después de haberse descargado los cántaros: —No vendo leche. —Nosotros entramos porque teníamos bastante sed. La señora es anciana y se fatigó. ¿No hay manera de que hallemos algo que beber? La campesina, observándola con ojos inquietos y desconfiados, al fin se decidió: —Ya que vinieron ustedes aquí, les daré leche. Y volvió a entrar en su casa. Luego salió la chicuela con dos sillas y las puso a la sombra de un manzano, y la mujer compareció al poco rato con dos tazones de leche, que ofreció a los forasteros. Y se quedó cerca, vigilándolos, como si pretendiese adivinar o descubrir sus intenciones. —¿Son ustedes de Fécamp? —preguntó la campesina. El señor de Apreval respondió: —Si; venimos de Fécamp, donde pasamos el verano. Y después de un silencio prosiguió: —¿Podría usted vendernos pollos todas las semanas? Después de algunas vacilaciones, la campesina dijo: —Sí podré. ¿Los quieren ustedes tiernecitos? —Tiernecitos. —¿A cómo los pagan ustedes en el mercado? Apreval no lo sabía, y se volvió hacía la señora. —¿Cuánto cuestan los pollos en el mercado? Ella balbució con los ojos llenos de lágrimas: —Cuatro francos, o cuatro cincuenta. La campesina miraba de reojo, visiblemente extrañada, y luego preguntó: —¿Está enferma esta señora? Apreval, viendo que su amiga lloraba, no sabía qué decir. —No, no... Es que... ha perdido el reloj en la carretera. Un magnífico reloj, y por eso... lo siente. Si alguien lo encuentra, nos avisará usted. La campesina guardaba silencio; de pronto dijo: —¡Miren a mi hombre! Los forasteros no le habían visto entrar porque estaban de espaldas al postigo. Apreval se inmutó; la señora de Cadour estuvo a punto de caer al suelo desmayada. Un hombre apareció tirando de una vaca, encorvado, jadeante. Sin saludar a los forasteros decía: —Maldito animal, ¡qué penco! Y pasó de largo para entrar en el establo. El llanto de la señora se había secado repentinamente y estaba confundida, muda, espantada. «¡Su hijo! ¡Aquél era su hijo» Apreval, preocupado por la misma idea, preguntó: —¿Es el señor Benedicto? La campesina, desconfiada, a la pregunta contestó con otra: —¿Quién le ha dicho a usted su nombre? Y el caballero prosiguió: —El herrador que hay en la carretera. Todos callaban, con los ojos fijos en la puerta del establo, que aparecía como una mancha negra en el muro. No se veía nada; se oían ruidos leves de movimientos, de pasos, amortiguados en la paja. El hombre apareció al fin, secándose la frente, y se dirigió a la casa con lentitud, con perezoso balanceo. Tampoco esta vez atendió a los forasteros, y dijo a su esposa: —Tráeme un jarro de sidra, tengo sed. Luego entró en el portal, y la campesina fue a la bodega, dejando solos a los parroquianos. La señora Cadour, desconsolada, murmuró: —Vámonos, Enrique. Vámonos en seguida. El señor de Apreval, sosteniéndola como pudo, la fue llevando para que no se cayera, después de dejar cinco francos sobre una silla. Cuando estuvieron en el camino, ella rompió a llorar, sacudida por el dolor, y balbuciendo: —¡Ah! ¿Qué hizo usted con aquella criatura? El, palideciendo, respondió secamente: —Hice lo que pude hacer. Su masía vale ochenta mil francos. Es un dote que no tienen la mayor parte de los hijos de familias acomodadas. Y volvieron despacio, sin hablar. Ella seguía llorando; sus lágrimas corrían por su rostro, continuas, interminables. Al fin se calmó. Entraban ya en el pueblo. El señor Cadour los aguardaba para comer. Se echó a reír al verlos llegar. —¡Bravísimo! ¡Perfectamente! Mi testaruda mujer ha cogido una insolación. ¡Cuando yo digo que de un tiempo a esta parte se ha vuelto loca! Nada contestaron el uno ni la otra. Y cuando el marido preguntó, frotándose las manos: —¿Se les hizo, al menos, agradable su caminata? El señor de Apreval le respondió: —Sí, muy agradable; muy agradable.

EL MIEDO -1884- (Completo)
EL tren corría, a todo vapor, en medio de las tinieblas. Me hallaba solo, frente a un anciano que miraba por la ventanilla. Olía con fuerza a fenol en aquel vagón del P.L.M., procedente sin duda de Marsella1. La noche era sin luna, sin aire, sofocante. No se veían estrellas, y el vapor que despedía el tren nos arrojaba a la cara una cosa caliente, blanda, abrumadora, irrespirable. Habíamos salido de París hacía tres horas y nos dirigíamos hacia el centro de Francia sin ver nada de las regiones que atravesábamos. De pronto fue como una aparición fantasmal. Alrededor de una gran hoguera, en un bosque, había dos hombres de pie. Lo vimos durante un segundo; nos pareció que eran dos miserables harapientos, rojos por la luz resplandeciente del fuego, con sus caras barbudas vueltas hacia nosotros, y a su alrededor, como un decorado de drama, árboles verdes, de un verde claro y brillante, con los troncos heridos por el vivo reflejo de las llamas, por el follaje atravesado, penetrado y mojado por la luz que fluía hasta dentro. Luego todo se volvió otra vez oscuro. ¡Extraña visión fue aquélla! ¿Qué hacían en aquel bosque aquellos dos vagabundos? ¿Por qué aquella hoguera en medio de una noche asfixiante? Mi vecino sacó su reloj y me dijo: —Son las doce de la noche en punto, señor, acabamos de ver algo muy singular. Me mostré de acuerdo y empezamos a hablar, a suponer qué podrían ser aquellos personajes: ¿malhechores que quemaban pruebas o brujos que preparaban un filtro? No se enciende un fuego como aquel a media noche, en pleno verano, en un bosque, para hervir una sopa. ¿Qué hacían entonces? No pudimos figurarnos nada verosímil. Y mi vecino empezó a hablar... Era un anciano cuya profesión no conseguí determinar. Un hombre original a buen seguro, muy culto y que tal vez parecía algo trastornado. Pero ¿sabe alguien quiénes son los sabios y quiénes los locos en esta vida donde la razón debería llamarse a menudo necedad y la locura genio? Me decía: —Estoy contento por haberlo visto. Durante unos minutos he sentido una sensación desaparecida. »¡Qué turbadora debía ser antaño la tierra, cuando era tan misteriosa! »A medida que se alzan los velos de lo desconocido, se despuebla la imaginación de los hombres. ¿No le parece, señor, que la noche está muy vacía y es de una oscuridad muy vulgar desde que ya no hay apariciones? »Suele decirse: “Basta de fantasías, basta de creencias extrañas, todo lo inexplicado es explicable. Lo sobrenatural mengua como un lago que desagua un canal; la ciencia hace retroceder, día tras día, los límites de lo maravilloso.” »Pues yo, señor, pertenezco a la vieja raza, a la que le gusta creer. Pertenezco a la vieja raza acostumbrada a no comprender, a no analizar, a no saber, habituada a los misterios circundantes y que rechaza la simple y clara verdad. »Sí, caballero, han despoblado la imaginación al descubrir lo invisible. Hoy nuestro mundo me parece un mundo abandonado, vacío y desnudo. Han desaparecido las creencias que lo hacían poético. »Cuando salgo de noche, cuánto me gustaría estremecerme con esa angustia que hace santiguarse a las viejas cuando pasan junto a las tapias de los cementerios, y echar a correr a los últimos supersticiosos ante los vapores extraños de los pantanos y los fantásticos fuegos fatuos! ¡Cuánto me gustaría creer en algo vago y terrorífico que uno imaginaba sentir pasar en la sombra. »¡Cuán sombría y terrible debía ser en otro tiempo la oscuridad de las noches, cuando estaba llena de seres fabulosos, de desconocidos, de merodeadores malvados cuyas formas no podían adivinarse, cuya aprensión helaba el corazón, cuyo oculto poder superaba los límites de nuestro pensamiento y cuya expectativa era inevitable! »A1 desaparecer lo sobrenatural, el verdadero miedo ha desparecido de la tierra, porque sólo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende. Los peligros visibles pueden conmover, turbar, asustar. ¿Y qué es eso comparado con la convulsión que produce en el alma la idea de que vamos a tropezar con un espectro errante, que vamos a sufrir el abrazo de un muerto, que vamos a ver avanzar hacia nosotros una de esas bestias espantosas que ha inventado el espanto de los hombres? Las tinieblas me parecen luminosas desde que ya no las frecuentan. «Y la prueba de que es cierto es que si de pronto nos encontráramos solos en este bosque, nos perseguiría la imagen de los dos singulares seres que acaban de aparecérsenos a la luz de su hoguera mucho más que la aprensión de un peligro cualquiera y verdadero.» Y repitió: «Sólo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende.» Y de pronto me vino a la memoria un recuerdo, el recuerdo de una historia que nos contó Turgueniev, un domingo, en casa de Gustave Flaubert2. No sé si acaso la escribió en alguna parte. Nadie ha sabido mejor que el gran novelista ruso trasladar al alma ese estremecimiento de lo desconocido, velado, y, en el claroscuro de un cuento extraño, dejar que se vislumbre todo un mundo de cosas inquietantes, inciertas y amenazadoras. Él sabe hacer sentir, como nadie, el miedo vago a lo invisible, el miedo a lo desconocido que hay tras la pared, tras la puerta, tras la vida aparente. Con él nos vemos bruscamente atravesados por luces dudosas que sólo iluminan lo suficiente para aumentar nuestra angustia. A veces parece mostrarnos el significado de coincidencias extrañas, de acercamientos inesperados de circunstancias en apariencia fortuitas, aunque guiadas por una voluntad oculta y taimada. Con él, uno cree sentir el hilo imperceptible que nos guía de forma misteriosa a través de la vida como a través de un sueño nebuloso cuyo sentido sin cesar se nos escapa. No penetra osadamente en lo sobrenatural, como Edgar Poe o Hoffmann; cuenta historias sencillas a las que sólo se mezcla un no sé qué de vagaroso y turbador. También nos dijo ese día: «Sólo se tiene realmente miedo de lo que no se comprende.» Estaba sentado, o más bien hundido en un gran sillón, con los brazos colgando, las piernas estiradas y distendidas, la cabeza totalmente cana, hundido en aquel gran oleaje de barba y de pelos plateados que le daban el aspecto de un Padre eterno o de un Río de Ovidio. Hablaba despacio, con cierta pereza que prestaba encanto a las frases y cierta vacilación en la lengua, algo pesada, que subrayaba la precisión coloreada de las palabras. Sus ojos claros y muy abiertos reflejaban, como ojos de niño, todas las emociones de su pensamiento. Éste fue el relato que nos hizo: Cazaba, en su juventud, en un bosque de Rusia3. Había caminado todo el día y, al final de la tarde, llegó a orillas de un riachuelo tranquilo. Corría bajo los árboles y entre los árboles, lleno de hierbas flotantes, profundo, frío y claro. Del cazador se apoderó una necesidad imperiosa de arrojarse a sus transparentes aguas. Se quitó la ropa y se lanzó a la corriente. Era un joven muy alto y muy fuerte, vigoroso y nadador intrépido. Se dejaba arrastrar despacio por la corriente, con el ánimo tranquilo, rozado por hierbas y raíces, feliz de sentir contra su carne el contacto ligero de las lianas. De pronto una mano se posó en su hombro. Se volvió de una sacudida y vio un ser espantoso que lo miraba ávidamente. Aquello se parecía a una mujer o a una mona. Tenía una cara enorme, llena de pliegues y gesticulante, que reía. Dos cosas innombrables, dos tetas sin duda, flotaban delante de ella, y unos cabellos larguísimos, enmarañados, rubios de sol, rodeaban su rostro y flotaban a su espalda. Turgueniev se sintió dominado por el miedo horroroso, el miedo glacial a las cosas sobrenaturales. Sin reflexionar, sin pensar, sin comprender, empezó a nadar de forma frenética hacia la orilla. Pero el monstruo nadaba más deprisa y le tocaba el cuello, la espalda y las piernas con pequeñas risitas de alegría. El joven, enloquecido de espanto, alcanzó por fin la orilla y se lanzó a toda velocidad a través del bosque, sin pensar siquiera en recuperar sus ropas y su escopeta. El ser espantoso le siguió, corriendo tan deprisa como é1 y gruñendo. El fugitivo, extenuado y paralizado de terror, estaba a punto de caer cuando acudió un niño que guardaba unas cabras armado de un látigo; empezó a golpear a la horrible bestia humana, que escapó lanzando gritos de dolor. Y Turgueniev la vio desaparecer en el boscaje, como si fuese una hembra de gorila. Era una loca que vivía en aquel bosque hacía más de treinta años de la caridad de los pastores, y que pasaba la mitad de sus días nadando en el río. El gran escritor ruso añadió: «Nunca en mi vida he tenido tanto miedo, porque no comprendía qué podía ser aquel monstruo.» Mi compañero, a quien conté esta aventura, prosiguió: —Sí, sólo se tiene miedo de lo que no se comprende. Realmente, sólo se experimenta esa horrible convulsión del alma llamada espanto cuando se mezcla al miedo un poco del terror supersticioso de los siglos pasados. Yo he sentido ese espanto en todo su horror, y por una cosa tan simple y tan tonta que apenas me atrevo a decirlo. »Viajaba yo por Bretaña completamente solo y a pie. Había recorrido el Finisterre, las landas desoladas y las tierras desnudas en que sólo crece el junco, cerca de las grandes piedras sagradas, de las piedras frecuentadas por apariciones. Había visitado la víspera la siniestra punta del Raz, ese cabo del viejo mundo donde combaten desde la eternidad dos océanos: el Atlántico y el mar de la Mancha; mi espíritu estaba invadido por leyendas, por historias leídas o contadas sobre esa tierra de creencias y supersticiones. »E iba de Penmarch a Pont-l’Abbé, de noche. ¿Conoce Penmarch? Una ría llana, completamente llana, muy baja, más baja que el mar al parecer. Desde cualquier sitio se ve, amenazador y gris, ese mar lleno de escollos babeantes como bestias furiosas. »Había cenado en una taberna de pescadores y ahora caminaba por una carretera recta, entre dos landas. La oscuridad era muy densa. »De vez en cuando, una piedra druídica semejante a un fantasma en pie parecía contemplar mi paso, y poco a poco iba apoderándose de mí una vaga aprensión; ¿de qué? No lo sabía. Hay noches en que uno cree que a su lado pasan rozándole espíritus, en que el alma tiembla sin razón, en que el corazón palpita por el miedo confuso de un no sé qué invisible que yo echo en falta. »Me parecía larga la carretera, larga e interminablemente vacía. »No había más ruido que el ronquido de las olas a lo lejos, a mi espalda, y en ocasiones ese ruido monótono y amenazador parecía muy próximo, tan próximo que creía tenerlo a mis talones, corriendo por la llanura con su frente de espuma, y me entraban deseos de escapar, de huir a toda velocidad hacia adelante. »El viento, un viento a ras de tierra que soplaba a ráfagas, hacía silbar los juncos a mi alrededor. Y aunque iba muy deprisa, sentía frío en los brazos y en las piernas: un infame frío de angustia. »¡Ay, cuánto hubiera deseado encontrarme con alguien! »Era tan densa la oscuridad que en ese momento apenas si distinguía la carretera. »Y de súbito oí delante de mí, muy lejos, el fragor de unas ruedas. Pensé: “Bien, un coche.” Luego no volví a oír nada. »Al cabo de un minuto percibí con toda claridad el mismo ruido, más cercano. »Sin embargo, no veía ninguna luz; pero me dije: “No tienen linterna. Nada sorprendente en este país de salvajes.” »El ruido volvió a detenerse, luego continuó. Era demasiado débil para que fuese una carreta; además no oía ningún trote de caballo, cosa que me sorprendía porque la noche era tranquila. »Empecé a pensar: “¿Qué será eso?” »¡Se acercaba deprisa, muy deprisa! Pero no oía más que una rueda... ningún golpeteo de hierros o de pies... nada. ¿Qué era aquello? »Estaba muy cerca, muy cerca; me lancé a una zanja con un movimiento instintivo, y vi pasar a mi lado una carretilla que corría... completamente sola, nadie la empujaba... Sí... una carretilla.., completamente sola... »Mi corazón empezó a latir con tanta violencia que me derrumbé en la hierba mientras escuchaba el traqueteo de la rueda que se alejaba, que se iba hacia el mar. »Y no me atreví ya a levantarme, ni a caminar, ni a hacer ningún movimiento; porque si hubiera vuelto, si me hubiera perseguido, me habría muerto de terror. »Tardé tiempo en reponerme, mucho tiempo. E hice el resto del camino con tal angustia en el alma que el menor ruido me cortaba el aliento. »¿Es estúpido, verdad? ¡Pero qué miedo! Cuando más tarde he pensado en este caso, lo he entendido: un niño descalzo empujaba sin duda la carretilla; y yo buscaba la cabeza de un hombre de altura normal. »¿Lo comprende usted?... Cuando en el alma ya se tiene un escalofrío de lo sobrenatural... una carretilla que corre... completamente sola... ¡Qué miedo!»
Calló un momento y luego agregó: —Ya lo ve, señor, asistimos a un espectáculo curioso y terrible: ¡esa invasión del cólera! »Puede oler el fenol con que están emponzoñados estos vagones; y eso quiere decir que el cólera está ahí, en alguna parte. »Hay que ver Toulon en este momento. Vaya, se huele perfectamente que el cólera está ahí. El cólera. Y no es el miedo a una enfermedad lo que enloquece a la gente. El cólera es otra cosa, es lo invisible, es un azote de antaño, de los tiempos pasados, una especie de Espíritu malhechor que vuelve y que nos deja tan atónitos como espantados porque, al parecer, pertenece a épocas desaparecidas. »Me dan risa los médicos con su microbio. No es un insecto lo que aterroriza a los hombres hasta el punto de hacerlos tirarse por la ventana; ¡es el cólera, el ser indecible y terrible que viene del fondo de Oriente! »Cruce usted Toulon, bailan en las calles. »¿Por qué bailar en estos días de muerte? En el campo, alrededor de la ciudad, están quemando fuegos artificiales; encienden hogueras de alegría; las orquestas tocan melodías alegres en todos los paseos públicos. »Es que Él está ahí, es que desafían no al Microbio sino al Cólera, y que pretenden dárselas de valientes ante él, como ante un enemigo oculto que acecha. Bailan, ríen, gritan, encienden hogueras y tocan esos valses por él y para él, para el Espíritu que mata, al que notan presente en todas partes, invisible, amenazador, como uno de esos antiguos genios del mal que conjuraban los sacerdotes bárbaros...
NOTAS.-
1 Una epidemia de cólera, traída a Toulon por la tripulación de un navío a finales de junio de 1844, y que luego brotó en Marsella, en Arles y en París (en julio), había provocado veintitrés muertos en Toulon, 48 en Marsella y 8 en Arles, dando lugar a reacciones excesivas provocadas por el miedo.
2 En 1876, Maupassant había conocido a Iván Turgueniev, por quien sentía gran respeto, en casa de Flaubert, a la que ei escritor ruso acudió los domingos durante años. Maupassant dedicó a la narrativa y a la personalidad de Turgueniev varios artículos.
3 Turgueniev se había dado a conocer en 1852 con un libro titulado Memorias de un cazador.




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